sábado, 7 de diciembre de 2013

Ten Compasión de mí...

Un hombre se quejaba así:


"Dios mío, ten compasión de mí; mira cómo trabajo tanto. En cambio mí mujer tan tranquila en la casa. Yo daría cualquier cosa para que hicieras un milagro y me convirtieras en mi mujer y viceversa, para que la muy floja aprenda lo que es la vida de un hombre".

Dios, en su infinita misericordia, ¡ zaz! Que le concede el milagro...

El primer día en la mañana. El milagro andante corre a levantar a los muchachos para que se alisten, prepara desayunos, loncheras, pone la lavadora, saca del congelador la carne para el mediodía y sale disparado a la escuela con los hijos.


De vuelta pasa a la gasolinera, cambia un cheque, paga el teléfono y la luz, recoge los trajes de la tintorería, hace el súper rapidísimo ¡y ya estaba al filo de la una de la tarde!

Medio tendió camas, sacó la ropa húmeda y puso otra vez la lavadora; aspiró por donde ve la suegra, preparó un arroz sancochado, salió disparado a la escuela, se peleó con los chicos, les dio de comer, lavó los platos, tendió la ropa húmeda en sillas porque estaba lloviendo a cántaros, vio que los niños comenzaran a hacer la tarea, planchó una ropita pendiente mientras veía algo de tele... y salió disparado a la cocina para preparar la cena, mientras volvía a pelear con los hijos para que se bañaran a tiempo.


A las 9 de la noche estaba agotado y deseando dormir a pierna suelta, pero en la cama le esperaban más deberes... Y los cumplió como pudo.


Al día siguiente volvió a clamar a Dios:

"¡Señor!, en qué estaba pensando cuando tanto
te supliqué que me cambiaras el rol. Te ruego me
devuelvas a mí condición normal, ¡por favor!"

Entonces oyó la amorosa respuesta de Dios:

"Claro que sí, hijo mío, nada más que deberás esperarte nueve meses porque anoche quedaste embarazado".






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